Dejar de fumar: un proceso de dentro hacia fuera

 

Voy a darte un motivo para la esperanza. Sí, se puede dejar de fumar definitivamente y no, quien ha sido fumador no tiene por qué serlo para siempre. Hay vida (mucha vida, más larga y de mejor calidad) después del tabaco y nunca jamás nadie se ha arrepentido de haber dejado de fumar.

Fumar no es solo tirar el dinero. Es mucho peor que eso. Es comprar participaciones para contraer una grave enfermedad

Fumar no es solo tirar el dinero. Es mucho peor que eso. Es comprar participaciones para contraer una enfermedad. Enfermedades que a nadie le apetece tener y que son perfectamente evitables. Es horrible tener una enfermedad pero peor aún es empeñarte activamente en contraerla.

Hoy es 23 de enero y seguro que a estas alturas muchas personas ya han fracasado en su propósito de año nuevo, ese que se repite cada 31 de diciembre y que se titula “dejar de fumar”. A estas alturas, seguramente hayas estado unos días sin fumar y ya hayas caído de nuevo. Has modificado tu propósito, de manera que, donde antes era un contundente “dejar de fumar”, ahora te conformas con “fumar menos” y seguramente ya has comenzado a sacar la artillería pesada de argumentos para intentar convencerte de que te gusta fumar, de que es cierto que no todos los cigarros te los fumas a gusto y a conciencia, pero sí que hay tres, cuatro o cinco al día que te sientan fenomenal, que te ayudan a relajarte, pensar, hacer un” kit kat” y sentirte bien. Dentro de poco, tu renombrado propósito volverá a adquirir un nuevo matiz y te conformarás con no recuperar el tiempo perdido y acabar fumándote todos esos cigarros que no te has fumado en lo que llevas de mes.

Al final, pegarás una patada hacia delante a este problema que empeora tu salud con cada calada y afecta a tu autoestima para, dentro de unos meses, cuando encuentres un “mejor momento” (porque ahora estás estresada, pasando por una mala época o justo ahora que has adelgazado no quieres engordar) volver a plantearte en serio dejar el tabaco.

Esto que he descrito es el típico círculo vicioso por el que pasan las personas fumadoras. Lo conozco bien, puesto que yo también lo he sido. Por eso, en este post, quiero contarte mi experiencia, porque quizás te sirva.
 

Yo empecé a fumar tan pronto que hasta me da vergüenza decirlo por aquí. De pequeña y hasta bien iniciada la adolescencia yo era una disciplinada gimnasta de gimnasia rítmica. La rigidez del entorno en el que me movía hizo que, una vez dejada la gimnasia, me empezara a rebelar contra mí entorno. Parte de este proceso de ruptura me llevó a probar el tabaco y a engancharme de golpe y porrazo.

Lo bueno de este cambio tan brusco fue que no tardé mucho en ver claramente que lo tenía que dejar. Así que a los 20 años, me leí el famoso libro de “Es fácil dejar de fumar si sabes cómo”, un libro que tuvo un efecto positivo en mí aunque no me llevó a librarme del tabaco. Ese efecto fue ayudarme a ver el “mono” y la ansiedad como un triunfo, una señal de protesta de tu organismo por la retirada de ese veneno al que le has acostumbrado durante tanto tiempo. Logré, gracias a ese punto de vista, tener más control de la ansiedad.

Pero ojalá todo fuera tan fácil. Desde luego dejar de fumar no es sencillo y el tabaco aún daría muchas vueltas en mi vida.

Después de estar unos meses sin fumar, llegó ese día en el que me dije a mí misma: “hace tiempo que no fumas. Ya está superado. Un cigarro no te hará daño” y así lo hice, solo que después de uno vino otro, y en una noche pude fumarme como medio paquete del tirón.

Ser fumadora “social” es aún peor, porque como no fumas tanto, dejar la nicotina no aparece ni en los propósitos de año nuevo

No volví a ser una fumadora de diario, eso ya nunca volvió, pero me convertí en lo que habitualmente se llama una “fumadora social”. Algo mucho peor que ser fumadora “de verdad” porque, total, como fumaba poco, dejar el tabaco es algo que ya no aparecía en mis propósitos de año nuevo.

En realidad era todo un autoengaño increíble, porque ni fumaba tan poco como quería pensar ni me reconocía como fumadora. Cuando me preguntaban, “¿fumas?” siempre decía que no y luego matizaba “bueno, de vez en cuando”. Pero en realidad casi todo los días fumaba dos o tres cigarros. Nadie me lo echó nunca en cara, pero me convertí en la amiga gorrona que no se compra tabaco porque “no fuma” pero que siempre anda pidiendo porque necesita saciar su mono de nicotina.

Cuando salía de fiesta, el número de cigarros que fumaba se disparaba. Justamente en esa época empecé a tener problemas de asma y llegué a aplicarme Ventolín (un inhalador que todo asmático ha conocido en algún momento) para poder fumar porque tenía los bronquios tan cerrados que el humo no me pasaba bien. Muy triste.

Por suerte, durante la carrera tuve una pareja que no solo nunca había probado el tabaco, sino que además lo detestaba, así que ello me ayudó a ser fumadora social en círculos muy concretos y reducidos.

Terminada la carrera, me fui un año a Londres y durante ese tiempo prácticamente no probé el tabaco. El precio de las cajetillas, a 7 libras el paquete, fue un elemento completamente disuasivo para mí. Ganaba poco y tenía otras prioridades en la vida, como ir a ver musicales, así que no le hice prácticamente caso al tabaco durante ese tiempo.

De vuelta a España, volví a convertirme en fumadora social en menor grado. Es decir, durante la semana no fumaba, pero el fin de semana, con el grupo de amigos de toda la vida, me desataba. Sin embargo, a pesar de fumar poco, notaba que mi salud iba a peor. Los lunes de resaca de tabaco notaba el pecho muy cargado. Tenía que pegar grandes bocanadas de aire para respirar bien. Era una sensación angustiosa, pero como esa sensación se me iba pasando con los días, llegado el fin de semana volvía a caer. Me proponía no fumar, pero no lo conseguía.

En esa época, ya con 26 ó 27 años, comencé a interesarme por la alimentación sana. Los libros que leía, además de nutrición hablaban del estilo de vida saludable y, evidentemente, lo primero que atacaban era al alcohol y al tabaco. Comenzando a comer mejor, sentía que todo lo que intentaba depurar mediante la alimentación era un esfuerzo en balde porque el tabaco me tenía completamente intoxicada, envenenada. Y eso que ahí ya fumaba poquísimo, pero cada vez sentía con más poder que el tabaco no tenía nada que ver conmigo, que esta sustancia sobraba en mi vida.

De hecho, las amistades nuevas que hice por aquella época se sorprendían cuando me veían con un cigarro en la mano. Me decían “no te pega nada” y yo me quedaba de piedra porque había asumido que fumar era algo intrínseco a mi forma de estar en la vida. Que no podría nunca desmarcarme de la nicotina.

Fueron aquellas personas que me miraban con nuevos ojos, que me veían como una persona que se cuidaba y que estaba muy pendiente de su salud las que, sin saberlo, me dieron la energía

Fueron aquellas personas que me miraban con nuevos ojos, que me veían como una persona que se cuidaba y que estaba muy pendiente de su salud las que, sin saberlo, me dieron la energía, el empujón, el “click” que necesitaba. Y ese era que está bien y es de hecho mentalmente sano y necesario desapegarse de todos aquellos aspectos del pasado que ya no encajan con nosotras. Que nuestro pasado no nos tiene que determinar ni anclarnos ni impedirnos cambiar, y que hay que dejar de lado los pensamientos limitantes de este tipo.

Hay que dejarse de decirse a una misma “si yo siempre he hecho tal cosa”, “si nunca he podido dejar de”. Palabras como siempre o nunca pierden el sentido porque las personas evolucionamos, nuestra historia sigue adelante y vamos cerrando puertas. Y en algunos casos, como en el caso del tabaco, esa puerta la cierras con un buen portazo de esos con los que te quedas bien a gusto. Porque la adolescente que se enganchó al tabaco como signo de protesta y rebeldía, nada tiene que ver conmigo en estos momentos.

Y así, fruto de un proceso interno hacia la salud y el bienestar y de una reflexión profunda sobre el desapego y los “nuevos yo” dejé de fumar en febrero de 2012 con esfuerzo pero con gran ilusión, puesto que este cambio de actitud salía desde lo más profundo de mis entrañas.

Cuando ves que eres capaz de desengancharte de una sustancia que está diseñada al milímetro para que seas una esclava de ella, sientes una gran fuerza en ti misma. Durante ese tiempo creí en mí como nunca antes lo había hecho y me sentía invadida por mucha energía positiva. 

Ya han pasado cinco años desde que lo dejé y firmemente puedo confesar que no me considero ni ex-fumadora. Las únicas veces que me acuerdo del tabaco es cuando pienso en lo mucho que me arrepiento de haberme empeñado proactivamente en aumentar las posibilidades de contraer una enfermedad grave. Para mí el tabaco es parte del pasado y no queda ni rastro de ello en mi vida (tristemente sí queda huella en mis pulmones). Nunca lo echo de menos ni se me pasa por la cabeza pegarle una calada a un cigarro y menos aún comprarme una cajetilla. Simplemente, no existe en mi vida.

Por ello cuando digo que es posible dejar de fumar, superar el tabaco y nunca mirar atrás lo digo con conocimiento de causa.

 

Basándome en mi experiencia, aquí te dejo algunas recomendaciones para dejar de fumar:

  • Mira dentro de ti, entiéndete y comprende por qué empezaste a fumar. Seguro que en ese momento tenía todo el sentido del mundo, pero con el tiempo ha dejado de tenerlo. 
  • Perdónate por haberte enganchado a una sustancia tan nociva. No te ancles en el pasado que ya no puedes cambiar. Tus motivos tendrías para comenzar a fumar: rebeldía, sentirte aceptada por un grupo de amigos, dejarte llevar por lo que “toca” hacer,..
  • Analizar por qué ahora el tabaco ya no va contigo: qué cambios en tu vida, en tu forma de ser y de pensar han evolucionado y hacen que seguir fumando no tenga sentido.
  • Visualiza el cambio, imagínate en esa nueva vida sin tabaco y vive el proceso con ilusión. Cada vez que sientas la ansiedad recorriendo tus venas piensa que eres un poco más libre que antes.
  • No caigas, no subestimes su poder. Mantente firme en tu convicción de una vida sin humos y verás que pronto formará parte de la historia.
  • Piensa que nadie nunca se ha arrepentido de dejar de fumar y que una vez lo logres saldrás fortalecida. 
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