MI PARTO NATURAL II

Durante las últimas semanas del embarazo es normal sentirse algo ansiosa y nerviosa. Las madres primerizas no sabemos muy bien a que atenernos cuando se acerca el día previsto para el parto y nos da pánico la idea de no llegar a tiempo al hospital y dar a luz en un taxi, muy al estilo de Hollywood, o no ser capaz de entender las señales que nos manda nuestro cuerpo. En las siguientes líneas voy a tratar de explicar el proceso que experimenté desde los primeros síntomas que indicaban que estaba de parto hasta las horas inmediatas al nacimiento de O para que podáis haceros una idea de cómo funciona el proceso de dar a luz.

Último día de embarazo

Último día de embarazo

El sábado por la mañana había transcurrido con total normalidad. Me refiero a la normalidad que se puede experimentar cuando solo faltan 7 días para salir de cuentas. Por la tarde salimos a pasear pero me sentía agotada y no me apetecía nada estar al sol. No sabía como explicarlo, pero me sentía “rara”. Esa noche empecé a notar que estaba molesta al estar sentada, notaba como una presión en la parte baja de la barriga y algunos pinchazos.

A las cuatro de la mañana me desperté a causa de un dolor como si fuera de regla. No era constante, iba y venia, pero ya no pude dormir. Desde la cama consulté el móvil para tratar de averiguar qué podía ser y me autoconvencí de que podían ser contracciones de “encajamiento” y que eso no significaba que fuera a dar a luz de forma inminente. A las 8 de la mañana, al ir al baño vi que estaba expulsado lo que suponía era el tapón mucoso. Estuvimos pensando si era conveniente acercarnos al hospital o no, puesto que esos dolores “de regla” iban a más. Mientras lo pensaba desayuné y me duché con total tranquilidad. Al final, hacia las 11 nos acercamos al hospital. Efectivamente tenía contracciones pero no estaba nada dilatada y me dieron a elegir si me quedaba o me iba a casa a “esperar”. Justo cuando me levantaba de la silla para salir de la consulta me dio una contracción más fuerte y el ginecólogo me pidió que me volviera a tumbar para examinarme. Estaba dilatada de unos 2 centímetros. Entonces me dijeron que me quedara ya que las contracciones empezaban a ser intensas aunque irregulares.

Las horas posteriores se pasaron con relativa rapidez. Llamamos a la familia, nos hicimos fotos, intenté dormir un poco,… y las contracciones cada vez eran más dolorosas. En algún momento empecé a notar que las tenía de riñones y a partir de ahí el dolor fue in crescendo. Las contracciones seguían siendo bastante irregulares. Sobre las 4 o 5 de la tarde, o tal vez 6, los dolores de las contracciones eran realmente fuertes. Paseaba pasillo arriba pasillo abajo, a ratos me tumbaba pero el dolor era tal que llegué a vomitar en un par de ocasiones.

Sobre las 8 de la tarde parecía que la cosa se aceleraba y me pasaron a la sala de partos. Los dolores eran muy intensos, las contracciones me destrozaban los riñones y yo gritaba y maldecía sin cesar. No sabía qué posición tomar ya que nada me aliviaba, ni la pelota suiza, ni estar tumbada ni de pie ni balancearme,… nada me hacía soportar mejor el dolor.  Desde ese momento perdí la noción del tiempo pero por lo que mi pareja me contó después, al cabo de una hora aproximadamente me comentaron la opción de meterme en la bañera para intentar relajarme. El agua calentita me hizo sentir más ligera y confortable. Estuve algo más de dos horas en el agua, sintiendo las contracciones, retorciéndome de dolor y gritando tonterías y cuando ya pensaba que no podía ir a más, algo cambió. La parte baja del abdomen se contraía con violencia y mi cuerpo comenzó a empujar sin yo poder evitarlo. Era mágico y doloroso. Pero estaba motivada y lo estuve aún más cuando la bolsa se rompió y pude notar el líquido salir pese a estar bajo del agua. Ya quedaba poco. Entre contracción y contracción (que no lo he comentado pero a penas me duraban unos 40 segundos) aprovechaba para recolocarme, coger fuerzas, sorber un poco de agua, prestar atención a los ánimos,… Eran las 11 de la noche y por fin veía que el final estaba cerca. Estaba dilatada completamente y mi cuerpo me pedía empujar. Estaba feliz. Pero después de algunos pujos y de notar como la cabeza de O descendía, la matrona me advirtió de que su barbilla apuntaba ligeramente hacia arriba de modo que no estaba perfectamente encajado. Por suerte, al estar ya tan bajo metió la mano y pudo corregirlo.

Seguí empujando pero notaba que mis fuerzas se me escapaban. El umbral del dolor parecía que no tenía tope. En un determinado momento cuando O comenzó a coronar (así se llama cuando su cabeza ya se aprecia desde esta parte del mundo) el dolor se intensificó y comencé a notar lo que más tarde he sabido que se llama “aro de fuego”. La sensación es difícil de describir. Es como un quemazón que se siente en todo el diámetro del periné. La percepción que tenía era de desgarro y se intensificaba en cada contracción. Por momentos salía la cabeza un poco más y cuando la contracción pasaba se volvía a meter. Estuve así un buen rato mientras la matrona y mi pareja me decían que ya casi estaba. Noté que iba a tirar la toalla, no podía empujar más para que la cabeza saliera definitivamente, estaba exhausta.

En ese momento la matrona me sugirió salir de la bañera para buscar otra posición. En un principio me dio mucha pena ya que aún si haberlo planificado, me hacía ilusión que O naciera en el agua, me parecía que iba a ser un bonito recuerdo y que tenía un toque romántico. Pero la realidad se imponía, cada vez me hundía más en la bañera y no me quedaban fuerzas. Ya pasaba de la una de la mañana del lunes y llevaba muchas horas de trabajo de parto así que, justo al terminar una contracción y haberlo dado todo sin éxito me ayudaron a levantarme. Solo recuerdo que no podía juntar las piernas, realmente me entorpecía la cabeza de O. Al poner un pie en el peldaño para salir de la bañera noté como la gravedad hacía su efecto y me entraron unas ganas increíbles de empujar, me senté en el escaloncito mientras comenzaba otra contracción. Fue un instante que recuerdo de dolor máximo mezclado con alivio, como si supiera que era el último esfuerzo. Empujé con todas mis fuerzas a la vez que emitía un grito contenido para que no se me escapara la poca energía que me quedaba. Y de pronto, un gran alivio, ¡la cabeza había salido por fin! Enseguida llegó el siguiente pujo y salieron los hombritos y yo ya solo sentía satisfacción. Sin apenas darme cuenta salió O con su pequeño cuerpecito resbaladizo deslizándose desde mi interior. Junto con la matrona puse mis manos para sujetarlo y enseguida lo acomodé sobre mi. Soy incapaz de describir esa primera sensación, de alegría, de triunfo, de tranquilidad, de complicidad con el papá y sobretodo de amor hacia el pequeño. Enseguida me sorprendió lo relativamente limpio que había salido, lo pequeñito que se sentía y lo frágil que era. Estuvimos así, riendo y llorando durante unos momentos, y con O sobre mi pecho, me levanté y anduve hasta la cama para recostarme. Mientras disfrutaba mirándolo y haciendo algún comentario me sacaron la placenta. El cómo no lo recuerdo, pero al contrario que muchas mujeres cuentan, no me dolió en absoluto ni noté ninguna contracción ni nada parecido. Sé que la matrona me dijo que estaba todo bien, me animó a mirarla y lo hice pero no fue un momento al que prestara mucha atención.

¡Bienvenido!

¡Bienvenido!

Al examinarme mi vagina les pregunté atemorizada si me iban a coser ya que estaba segura de que me había partido por la mitad después de haber estado sintiendo ese “aro de fuego” durante casi una hora. Pero asombrosamente mi periné estaba en perfectas condiciones. De no haber estado acostada con mi bebé encima hubiera abrazado a la matrona por tan fantástica noticia. ¡No me lo podía creer!

Y faltaba la última prueba importante del día, ponerse a O al pecho. Para nosotros fue muy fácil e instintivo, simplemente seguí las indicaciones de la matrona: me puse de lado, me lo acerqué al pezón y tras un par de intentos comenzó a succionar.

Afortunadamente nos dejaron algo más de dos horas en la sala de partos con la misma luz tenue que habíamos tenido desde el principio. Nadie nos molestó en ese tiempo a ninguno de los tres y pudimos disfrutar al máximo de nuestra intimidad.

Escribo esto meses después del nacimiento y al revivir el momento no puedo evitar acordarme de Paula, la matrona que me animó y transmitió cariño y mucha confianza y que cuando todo terminó desapareció de forma sigilosa y con mucha humildad para dejarnos disfrutar de los primeros instantes como familia.

 

 

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